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Domingo, 10 de Diciembre del 2017
| 5:00 pm
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Un Primero de Mayo en el país de los inmigrantes

Por: David Torres
Washington DC.-

Marcha

Sentada en su silla de ruedas, acaso con un poco de frío por la lluvia que se avecina, Luisa de Dios agita las manos, alza la voz, corea los estribillos de las consignas que entona algún activista desde la tarima improvisada en Union Park de Chicago, y recibe una hoja volante, al mismo tiempo que porta una cartulina de apoyo a la marcha del 1o. de Mayo y, por ende, a miles de inmigrantes como ella. No quiere foto, no quiere “aparecer”, no le interesa otra cosa más que participar.

Dice esta mujer originaria del estado de Puebla, México: “Tenemos que estar presentes para defender no solamente nuestros derechos, sino los derechos de todos aquellos en situación difícil, que son vulnerables y contra los cuales este gobierno se ha ensañado”.

El contigente de participantes convocados empieza a crecer considerablemente y ella se entusiasma y se mueve de un lado hacia otro en su silla de ruedas, en pequeñas distancias porque ya quiere avanzar con el grupo cada vez más grande de organizaciones que han arribado al punto de encuentro. Ha escuchado incluso las palabras de apoyo del senador Dick Durbin quien, con micrófono en mano, se ha comprometido a seguir enfrentando al gobierno de Trump desde su posición legislativa.

Pero en el significado de las palabras de Luisa, de la convicción con que las dice, el compromiso de una inmigrante como ella adquiere otra dimensión, pues aunque reconoce que aún falta demasiado por hacer y de que lo logrado hasta el momento ha sido poco para festejar, agrega que “ahora mismo somos muchísimos los que enfrentamos esa situación, y aunque yo ya soy ciudadana, me indigna que aún nos traten como si no fuéramos ya parte de esta sociedad”.

En efecto, la esencia de la convocatoria a este Día sin Inmigrantes es luchar contra la intención de desaparecer todo vestigio de una comunidad que ha dado prácticamente todo por ser parte del tejido social estadounidense, pero que –como agrega Luisa—“aún nos consideren como una ‘minoría’, cuando eso ya no es cierto. Somos una mayoría que avanza y que prácticamente ha sacrificado todo por estar aquí”.

Luisa se aleja y se pierde entre la muchedumbre, se funde en una sola voz comunitaria que bajo la lluvia reclama el reconocimiento a su presencia, a sus contribuciones, a su lealtad histórica con una comunidad bajo ataque, como lo ha sido la hispana, al igual que en otras épocas lo fue la italiana, la irlandesa, la asiática y muchas más que supieron sobreponerse al paso del tiempo.

Es precisamente lo que “Jorge”, otro manifestante originario de la Ciudad de México, quiere hacer constar con su participación aquí: “Trump tiene que ver que habemos mucha gente que este país necesita, gente que viene a trabajar y no a hacer daño como lo ha dicho tantas veces desde su campaña. Tiene que darse cuenta de que incluso a él mismo le conviene otorgar una legalización para millones de indocumentados. La política y la economía se lo van a agradecer”.

Mientras se une a la columna que avanza cada vez más rápido, “Francis”, su amiga salvadoreña “con todos los años que te puedas imaginar viviendo en Chicago”, interviene para de añadir que “solamente unidos, como hoy, vamos a lograr un cambio”. Eso, dice sin otro afán más que el de dejar bien establecido el porqué de su presencia en esta marcha pro inmogrante, “es lo que tiene que ver Trump, eso es lo que tenemos que hacer que entienda, él y sus seguidores”. Y en sus palabras quedan sus huellas. En sus huellas las de toda una comunidad que ha tomado en serio las riendas de su destino y su historia, que no es otra que la del país que llaman hogar. El de millones.

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